
En mi trabajo como coordinador de proyectos, mi día a día consiste en tener el control. Gestiono presupuestos, reviso avances de obra, anticipo riesgos y me aseguro de que cada pieza encaje en el lugar exacto y a la hora correcta. Tener un cronograma claro nos ayuda a avanzar, pero cuando me pregunto qué hacer cuando me cuesta soltar el control a Dios, reconozco que ese mismo impulso profesional se vuelve un obstáculo para aprender a caminar la fe en lo cotidiano.
El problema aparece cuando traslapo esa mentalidad a mi casa, a mis relaciones o a mi relación con Dios. Me descubro intentando programar sus tiempos, buscando que las cosas se resuelvan exactamente bajo mis condiciones y en mis términos. Quiero supervisar hasta el último detalle de situaciones que no me corresponden sostener.
Y confieso que me cuesta mucho soltar. Tiendo a querer resolverlo todo por mi cuenta, y es ahí cuando me pierdo de las cosas que Dios está haciendo a mi alrededor. Sencillamente no lo dejo actuar.
Qué hacer cuando me cuesta soltar el control a Dios
Hay días en los que esa terquedad se vuelve una carga pesada. Tratar de mover los hilos de cosas que no puedo cambiar solo me produce cansancio. Nos pasa a todos: ante la duda de qué hacer cuando me cuesta soltar el control a Dios, creemos que para un problema grande necesitamos una estrategia compleja, un plan impecable o una solución llena de ruido.
Nos cuesta aceptar que la restauración a veces empieza con un gesto pequeño, una conversación incómoda o una instrucción que contradice nuestra lógica. Queremos mantener el estatus de la persona que lo tiene todo resuelto, y nos da vergüenza mostrar que necesitamos ayuda.
Ahí es cuando me pierdo de lo que Dios ya está haciendo, simplemente porque me cuesta aceptar lo que pasa cuando las cosas no salen como las planificamos.
El general que tuvo que quitarse la armadura
Pensando en esto, volví a la historia del general Naamán en 2 Reyes 5. Él era un hombre poderoso, respetado por su rey, valiente y acostumbrado a dar órdenes que se cumplían sin discusión. Pero tenía una necesidad real que su título no podía resolver: padecía lepra.
Cuando viajó buscando sanidad, Naamán llevaba una carta oficial, regalos de gran valor y una expectativa muy alta de cómo debía ser su milagro. Se imaginaba al profeta Eliseo saliendo a recibirlo, invocando a Dios con solemnidad y haciendo un movimiento espectacular.
Pero Eliseo ni siquiera salió a la puerta; solo le envió un mensaje diciéndole que fuera a lavarse siete veces al río Jordán.
Naamán se enfureció. El río Jordán no le parecía digno de su estatus, y la indicación le resultó casi una falta de respeto. Su orgullo le impedía ver que la sanidad no dependía del prestigio del río, sino de su disposición a obedecer en lo sencillo.
Fueron sus criados —las personas con menos jerarquía a su alrededor— quienes lo hicieron reaccionar con una pregunta humilde: «Si el profeta te hubiera pedido algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si solo te dijo que te laves».
Tuve que hacer una pausa para entender qué hacer cuando me cuesta soltar el control a Dios y reconocer que no puedo resolverlo todo por mi cuenta. Naamán tuvo que quitarse la armadura de general, bajar al río y sumergirse en el agua sencilla para experimentar lo que Dios tenía para él.
El favor de Dios empieza donde termina mi terquedad
Cuando finalmente me canso de pelear y decido soltar una situación, entrego eso por completo en las manos de Dios. Y es curioso lo que pasa después: Él empieza a mover sus hilos de amor a mi favor. Cosas que parecían estancadas o imposibles de destrabar se empiezan a resolver de formas que yo nunca habría planificado en una hoja de cálculo.
He aprendido que el orgullo y las ganas de querer hacer todo bajo mis propios métodos no me protegen; lo único que hacen es retrasar la gracia y la paz que Dios quiere darme. Dios no necesita que yo le presente un plan de trabajo. Lo único que me pide es la humildad suficiente para confiar en Él y dar el paso que me corresponde.
Todavía estoy aprendiendo este proceso. No lo tengo dominado y hay semanas en las que vuelvo a caer en la trampa de querer controlarlo todo. Pero cada vez que me siento agotado y recuerdo qué hacer cuando me cuesta soltar el control a Dios, comprendo que la paz no viene de tener todas las respuestas, sino de saber en manos de quién está el resultado.
Algo pequeño, esta semana
Esta semana, identifica una sola situación de tu casa o de tu trabajo que lleves días intentando controlar por tu cuenta. Haz una pausa, no busques resolverla hoy con tus fuerzas y entrega el resultado en silencio delante de Dios.
Descargable adjunto
Si quieres profundizar un poco más en esto, preparé una hoja de reflexión de una página con Cinco preguntas para identificar mi propio «Río Jordán». Te ayuda a evaluar qué áreas te está costando soltar esta semana.