
Durante mucho tiempo pensé que la paz era la ausencia de problemas
Si todo estaba tranquilo, yo estaba en paz.
Me sentía estable si no había conflictos,
Si las cosas fluían, entonces podía respirar.
Pero bastaba que algo se moviera un poco —una noticia inesperada, una conversación difícil, una preocupación económica— para que esa “paz” desapareciera casi de inmediato.
Con el tiempo entendí algo incómodo:
eso no era paz, era solo comodidad.
Y fue ahí donde empecé a preguntarme si la paz de la que habla la Biblia realmente tenía que ver con que todo estuviera bien… o con algo mucho más profundo.
La paz de Dios no depende del clima de la vida
Cuando la Escritura habla de la paz como fruto del Espíritu, no la presenta como una emoción frágil que aparece solo en temporadas favorables. Habla de una paz que habita, que permanece, incluso cuando las circunstancias no cooperan.
Una paz que no nace de tener control, sino de saber quién está en control.
Eso cambia completamente la perspectiva.
La historia del rey Asá, en 2 Crónicas 14, me ayudó a entender esto de una forma muy práctica. El texto comienza con algo que muchos anhelaríamos:
“El país tuvo paz durante diez años.”
Sin guerra, años de estabilidad y años de calma.
Pero esa paz no aparece por casualidad. Viene después de una historia complicada, marcada por decisiones equivocadas, idolatría y conflicto. Aun así, Dios no retira su promesa.
Eso me recuerda que la fidelidad de Dios no se cancela por nuestro pasado, y que su deseo de darnos paz no desaparece cuando la historia se ha torcido un poco.
Hay una promesa de paz… incluso cuando no todo está resuelto
Algo que me confronta de este pasaje es que la promesa de paz no significa una vida sin desafíos. Significa una vida sostenida por Dios en medio de ellos.
Muchas veces medimos la paz según lo que vemos:
la cuenta bancaria,
la salud,
la familia,
las relaciones.
Pero la paz de Dios tiene otra fuente.
Jesús mismo lo dejó claro cuando dijo que su paz no es como la que el mundo ofrece. No es una paz que depende de circunstancias favorables, sino una paz que se recibe como regalo y se aprende a habitar con el tiempo.
Cuando recuerdo la cruz, entiendo que la paz no es una promesa superficial. Costó sangre., entrega y amor. Y si Dios estuvo dispuesto a darlo todo para reconciliarnos con Él, entonces su deseo de que vivamos en paz no es algo menor ni secundario.
Aprender a vivir con paz es parte de vivir la fe en lo cotidiano, no solo en los momentos tranquilos.
Lo que hacemos en tiempos de paz importa más de lo que creemos
Algo que me llama mucho la atención del rey Asá es que no desperdició los tiempos de calma. En lugar de acomodarse, decidió construir.
Construyó ciudades.
Fortaleció al pueblo.
Quitó ídolos.
Ordenó su vida espiritual.
Eso me hizo pensar cuántas veces, cuando todo va bien, bajo la guardia. Me relajo. Dejo de buscar a Dios con intención. Como si la paz fuera una pausa espiritual y no una oportunidad de crecimiento.
Pero los tiempos de paz son precisamente los momentos donde se forma el carácter. Donde se fortalece la relación con Dios. Donde se preparan los cimientos que sostendrán el corazón cuando lleguen las pruebas.
Asá no construyó solo para él. Lo que hizo benefició a otros.
Y eso también es importante: la paz que Dios nos da no está pensada para guardarla, sino para compartirla.
Cuando llega la batalla, la paz no desaparece
El pasaje cambia de tono. La calma se rompe. Aparece la amenaza. Llega la batalla.
Y aquí aparece una verdad que necesitamos recordar:
la paz no se cancela cuando empieza el conflicto.
La paz permanece por dos razones muy claras:
la promesa de Dios
y la preparación previa.
Asá estaba listo. No porque confiara solo en su ejército, sino porque había invertido tiempo en hacer lo correcto delante de Dios. Y aun así, cuando llega el momento decisivo, no se apoya únicamente en lo que construyó. Ora. Depende. Reconoce que sin Dios no hay victoria real.
Eso me enseña que la paz no es pasividad.
Es dependencia.
No es negar la realidad.
Es enfrentarla con Dios delante.
Así como el gozo puede permanecer aun en la adversidad, también la paz puede acompañarnos aun en medio de la prueba.
Sin máscaras: cuando la ansiedad quiere tomar el control
Si soy honesto, hay etapas donde la ansiedad ha hablado más fuerte que la paz. Momentos donde las circunstancias dictaron mi estado interior más que la certeza de que Dios sigue siendo Dios.
Este pasaje me confronta a hacerme preguntas incómodas:
- ¿Qué cosas están robando mi paz hoy?
- ¿Qué temores estoy alimentando más que mi confianza en Dios?
- ¿Estoy usando los tiempos de calma para crecer o solo para descansar?
No siempre es fácil reconocerlo. Pero cuando vuelvo a poner la mirada en Dios, algo se reordena por dentro.
Paz en cada etapa, no solo en las buenas
La paz de Dios no se limita a una temporada específica. No es solo para cuando todo está bajo control. Es una paz que camina con nosotros en cada etapa: en la calma, en la preparación y también en la batalla.
No siempre cambia la situación de inmediato.
Pero sí cambia la forma en que la enfrentamos.
Y muchas veces, eso es lo que más necesitamos.