
Hubo un momento en el que no dudé de Dios… pero sí me cansé.
No dejé de creer. No perdí la fe.
Solo sentí que sostenerla empezaba a doler.
No fue una crisis espiritual evidente. Fue más sutil.
Fue ese cansancio que aparece cuando haces lo correcto, pero igual te cuestionan.
Cuando caminas obedeciendo, pero las circunstancias no acompañan.
Cuando no estás huyendo de Dios, pero te preguntas en silencio si Él sigue tan cerca como antes.
A veces, el ataque no llega en forma de enemigo.
Llega en forma de reclamo.
De duda.
De personas cercanas que preguntan:
“¿Seguro que Dios está aquí?”
“¿Seguro que vale la pena seguir así?”
Y ahí, sin darte cuenta, empiezas a sostener la fe con los brazos tensos.
Cuando los tuyos dudan y la fe se vuelve pesada
El pueblo de Israel no estaba desobedeciendo.
Habían caminado conforme a la dirección de Dios.
Columna de nube. Columna de fuego.
Pero llegaron a un lugar donde no había agua.
Y la pregunta no fue logística.
Fue espiritual.
“¿Está o no está el Señor entre nosotros?”
Esa pregunta no nace en el desierto.
Nace en el cansancio acumulado.
En la memoria corta.
En olvidar lo que Dios ya ha hecho cuando lo inmediato aprieta.
Moisés no responde defendiéndose.
No argumenta.
No les recuerda todo lo que Dios ya había hecho.
Hace algo más vulnerable: va a la presencia de Dios.
Cuando no sé qué hacer, ir a Dios sigue siendo la mejor opción
Moisés clama.
No porque tenga la respuesta, sino porque sabe dónde buscarla.
Ese gesto me confronta.
Porque cuando me siento atacado, mi primera reacción no siempre es orar.
A veces es callar por orgullo.
O responder desde la herida.
O cargar solo.
Pero Moisés hace lo que la fe madura aprende con el tiempo:
llevar el peso primero a Dios.
Dios responde.
De una roca sale agua.
El pueblo bebe.
El camino continúa.
Y aun así, la duda queda registrada.
“¿Está o no está el Señor entre nosotros?”
Esa pregunta no los define como incrédulos absolutos.
Los define como humanos cansados.
Y ahí me reconozco.
Cuando el ataque viene de afuera y los brazos ya están cansados
No pasa mucho tiempo antes de que aparezca un enemigo real: Amalec.
Ahora no son preguntas.
Es batalla.
Josué va al campo.
Moisés sube a la colina.
La batalla se decide arriba antes que abajo
Mientras Moisés mantiene los brazos en alto, el pueblo avanza.
Cuando los baja, retrocede.
No es magia.
Es dependencia visible.
Pero hay algo profundamente humano en el texto:
los brazos de Moisés se cansan.
El líder también se fatiga.
El intercesor también tiembla.
El que ora también necesita apoyo.
Y entonces aparecen Aarón y Hur.
No con discursos.
Con presencia.
Le ponen una piedra.
Sostienen sus brazos.
Permanecen.
Ese detalle cambia todo.
Porque la fe nunca fue diseñada para sostenerse en soledad.
Aquí entendí algo que me costó aceptar:
incluso cuando Dios no cambia, yo sí necesito ayuda.
Y no es falta de fe admitirlo.
Cristo no solo pelea por mí, también intercede por mí
Leyendo este pasaje con el tiempo, algo se volvió claro:
Cristo representa ambas figuras.
Él pelea la batalla.
Y Él intercede en lo alto.
Cuando mis fuerzas bajan, Su obra no depende de mi resistencia.
Cuando mi fe se cansa, Su fidelidad no se desgasta.
El dominio propio, la fe real no se declara: se demuestra en decisiones pequeñas, pero costosas.
Y eso me devolvió la calma.
Porque entendí que sostener la fe no significa no cansarse.
Significa no soltarla.
Jehová-nisi no es un altar externo, es una memoria viva
Después de la victoria, Moisés edifica un altar y lo llama Jehová-nisi:
“El Señor es mi estandarte”.
No para presumir la batalla.
Para recordar quién fue delante.
Recordar es una forma de resistencia espiritual
No se trataba de una piedra.
Se trataba de memoria.
De volver una y otra vez al lugar donde Dios ya había sido fiel.
Cuando leí esto, entendí que Dios no me está pidiendo construir altares físicos,
sino espacios intencionales donde mi corazón recuerde.
Un tiempo, el silencio y la oración honesta.
Porque olvidar es más peligroso que el ataque.
En Gálatas 5:22–23 encontramos la base de este llamado a una fe que persevera incluso cuando el cansancio aprieta, sostenida por el carácter que Dios forma en nosotros.
Sostener la fe también se aprende en comunidad
Durante mucho tiempo creí que ser fuerte significaba no necesitar a nadie.
Pensé que pedir ayuda era una señal de debilidad… o de falta de fe.
Pero este camino me enseñó lo contrario.
Aprendí que incluso el brazo más firme se cansa cuando permanece extendido demasiado tiempo.
Que aguantar en silencio también desgasta.
Que sostenerlo todo solo termina pasando factura.
La mano de Dios, en cambio, no se cansa nunca, nunca tiembla y no se suelta.
Y muchas veces, esa mano llega a nosotros a través de otras manos.
Personas que se quedan.
Que sostienen.
Que no preguntan demasiado, pero no se van.
La fidelidad de Dios, siempre va a estar presente en nuestras vidas, entonces, permanecer no siempre se ve heroico, pero siempre es profundamente transformador.
Una vez aprendí, leyendo sobre la paciencia cristiana, que resistir no es aguantar en silencio, sino aprender a permanecer con esperanza.
🎯 Reto de la semana
Esta semana, detente un momento y pregúntate con honestidad:
¿qué batalla estoy peleando en silencio, sin decirlo en voz alta?
No para juzgarte.
Solo para reconocerla.
Luego, piensa en una persona.
Alguien con quien no tengas que explicarlo todo.
Alguien que pueda quedarse a tu lado y sostenerte cuando los brazos ya pesan.
Y busca un momento concreto —aunque sea breve— para recordar lo que Dios ya ha hecho por ti.
No como un ejercicio espiritual más,
sino como una pausa para volver a lo que Él ya ha sido fiel en hacer.
No para ganar la batalla.
Sino para no soltar la fe mientras pasa.