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Cuando la enfermedad interrumpe el camino y la fe tiene que decidir

enero 10, 2026
Imagen contemplativa que representa la fe y el refugio silencioso en Dios en medio de la enfermedad y la espera.
Índice

    La enfermedad tiene una forma particular de desordenarlo todo.
    No avisa.
    No pide permiso.
    Simplemente aparece… y cambia el ritmo de la vida.

    He visto cómo, frente a una enfermedad, muchas certezas se caen. Las fuerzas no alcanzan, las explicaciones no consuelan y las respuestas rápidas desaparecen. Es ahí donde la fe deja de ser una idea y se convierte en una decisión diaria.

    Jairo y la mujer del flujo de sangre llegaron a ese punto. Marcos 5:21-43
    Por caminos distintos, pero con la misma necesidad: un encuentro con Jesús.

    Cuando la necesidad nos pone a todos en el mismo lugar

    Dos historias distintas, una misma urgencia

    Jairo tenía nombre, posición y respeto pero la mujer del flujo no tenía nombre registrado, no está documentado su nombre y su historia no le importaba a nadie de su época.

    Su vida no tenía presentación, ella no tenía voz, no habia un espacio en media de una sociedad que la rechazaba, pero aprendió a moverse en silencio.

    Jairo, en cambio, era conocido. Tenía un lugar, cuando él hablaba las personas lo escuchaban, llegaba algún lugar y era reconocido, sabían quién era.

    Ella vivía al margen, marcada por su condición, acostumbrada a apartarse para no incomodar.
    Él estaba al frente, habituado a liderar, a decidir, a ser visto.

    Dos vidas opuestas…
    que terminaron encontrándose en el mismo punto de necesidad.

    No tenían nada en común…
    hasta que la enfermedad los puso en el mismo punto.

    Y ahí ocurre algo que no siempre queremos aceptar:
    el dolor empareja el terreno.

    Porque cuando la enfermedad llega, el dinero deja de ser suficiente, los títulos pierden peso y las conexiones se vuelven frágiles. Frente al sufrimiento real, todos quedamos igual de vulnerables… buscando una esperanza que no dependa de nosotros.

    Hay momentos en los que todos quedamos igual de vulnerables.

    Ambos llegaron a Jesús desde lugares distintos, pero con la misma fe desesperada. Ambos entendieron que solo Él podía hacer algo.

    Ahí es cuando recordamos sobre la fidelidad de Dios, Él no hace distinción de pasado, estatus o historia cuando encuentra una fe genuina.

    Llegar a Jesús cuando ya no queda nada más

    La mujer había gastado todo lo que tenía.
    Jairo estaba viendo morir lo que más amaba.

    No llegaron a Jesús por comodidad, sino por necesidad.
    Y eso cambia la forma de buscar.

    Hay momentos en los que la enfermedad nos lleva a orar distinto, más honestamente y con más urgencia.

    No con frases bonitas, sino con el corazón abierto.

    Y Jesús responde de maneras distintas.
    A ella la sana en medio de la multitud.
    A Jairo lo acompaña hasta su casa.

    Pero el destino es el mismo: los pies de Jesús.

    Cuando la espera se vuelve más difícil que la enfermedad

    Ver a otros recibir respuesta mientras yo sigo esperando

    Jesús iba camino a la casa de Jairo…
    y se detuvo.

    La sanidad de la mujer fue una interrupción, la pausa incómoda en medio del camino de una espera dolorosa.

    Imagino a Jairo viendo todo eso, pensando que cada segundo contaba. Tal vez luchando con la idea de que su necesidad era más urgente.

    Y ahí aparece una pregunta incómoda:
    ¿qué hago cuando otros reciben respuesta y yo no?

    Esperar mientras otros celebran no es fácil.
    Pero ahí la fe se prueba de verdad y la paciencia cristiana tiene un peso mayor, confiar no es exigir tiempos, sino descansar en que Dios no llega tarde.

    Permanecer firmes aun cuando el proceso incomoda

    Jesús no ignoró a la mujer.
    Tampoco se olvidó de Jairo.

    Él vio algo más profundo que la enfermedad: el corazón.

    Mientras tanto, Jairo tuvo que decidir si su fe dependía del orden de los milagros o del carácter de Jesús.

    Esa es una pregunta que también me confronta:
    ¿confío solo cuando todo avanza como espero, o incluso cuando el proceso se alarga?

    Cuando decido qué voces voy a escuchar

    Silenciar la derrota para escuchar a Cristo

    Las noticias llegaron rápido:
    “Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?”

    Las voces de derrota siempre aparecen en los momentos críticos. A veces vienen de otros. A veces nacen dentro de nosotros.

    Jesús fue claro: no escuchen eso.

    Para muchos, sus palabras parecían absurdas. Para Él, la muerte no tenía la última palabra.

    Y aquí hay una enseñanza profunda: no todas las voces merecen espacio en nuestro corazón.

    No reaccionar a todas las voces es una forma de fe madura que se aprende solo de los procesos de mansedumbre por los cuales pasamos en nuestra vida.

    Creer en un poder que vence incluso a la muerte

    Jesús decidió hacer el milagro en intimidad.
    Sin espectáculo.
    Sin ruido.

    Solo autoridad.

    No usó fórmulas.
    Solo habló.

    Y la niña se levantó.

    Ese mismo poder es el que venció la muerte en la cruz. El mismo que hoy sostiene nuestra esperanza. El mismo que nos recuerda que la enfermedad no define el final de la historia.

    Dios no cambia.
    Y su poder sigue siendo mayor que toda enfermedad.

    Si hoy estás enfrentando enfermedad —propia o de alguien que amás— quiero decirte esto con respeto y esperanza: Jesús sigue siendo el mismo.

    🔍 Reto

    Tomate un momento para reconocer qué parte de tu fe se ha ido cansando en medio de este proceso.
    Tal vez no es falta de fe… tal vez es desgaste.

    Escribí una oración sincera. Sin frases correctas. Sin filtros.
    Entregale a Dios ese miedo, esa frustración o ese cansancio que muchas veces guardás en silencio.

    Y, de manera consciente, elegí prestar más atención a la voz de Cristo
    que a los diagnósticos, los comentarios y a los pensamientos de derrota que aparecen cuando la esperanza se debilita.

    Porque aun cuando la enfermedad interrumpe el camino…
    Dios no cambia.

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