
Hubo un día reciente —no extraordinario, más bien común— en el que alguien me habló mal sin razón aparente.
No fue un insulto fuerte ni una traición grande. Fue algo pequeño: un comentario seco, una respuesta fuera de lugar, una actitud que dolió más de lo que debería.
Mi reacción fue inmediata… pero no precisamente espiritual.
Pensé en contestar de la misma manera.
En marcar distancia.
En justificarme internamente: “No tengo por qué ser amable con alguien que no lo es conmigo”.
Y ahí, en ese espacio tan cotidiano, tan poco épico, me di cuenta de algo incómodo:
ser benigno es fácil cuando todo va bien… pero se vuelve un desafío cuando el trato no es justo.
La benignidad no nace del carácter… nace del Espíritu
Durante mucho tiempo pensé que la benignidad —o la amabilidad— era un rasgo de personalidad.
Que algunas personas “nacían así” y otras simplemente no.
Pero el Fruto del Espíritu me confronta con otra realidad:
la benignidad no depende de cómo soy, sino de quién vive en mí.
Ser benigno no es solo “portarse bien”.
Es responder con bien cuando lo lógico sería devolver lo mismo que recibí.
Y eso, si soy honesto, no me nace de manera natural.
“Este llamado a hacer el bien me recuerda que el amor del que habla el Fruto del Espíritu no se queda en palabras, sino que se expresa en cómo cuidamos a otros.”
José: hacer el bien incluso cuando el pasado duele
La historia de José siempre me ha parecido impresionante, pero también incómoda.
No solo porque fue vendido por sus hermanos.
No solo porque fue traicionado, olvidado y encarcelado injustamente.
Sino porque, cuando tuvo el poder en sus manos, eligió no vengarse.
En Génesis 41–46 vemos a un José distinto al joven herido del inicio de la historia.
Vemos a un hombre que, aun con autoridad, usa su posición para bendecir, no para ajustar cuentas.
José interpreta el sueño del Faraón y advierte sobre los siete años de hambre.
Luego, administra con sabiduría, guarda alimento, prepara a toda una nación…
y sin saberlo aún, también está preparando provisión para quienes le hicieron daño.
Eso me confronta profundamente.
Porque José no fue benigno porque olvidó el pasado,
sino porque decidió no dejar que el pasado definiera su presente.
Ser benigno cuando nadie me está mirando
Hay algo que me llama mucho la atención de José:
su benignidad no aparece solo en el momento “grande” de la historia,
sino en años de decisiones pequeñas y constantes.
Administrar bien.
Pensar en otros.
Honrar a Dios incluso cuando nadie lo estaba aplaudiendo.
Y eso me lleva a preguntarme:
- ¿Cómo trato a las personas cuando no tengo nada que ganar?
- ¿Soy amable solo cuando me conviene?
- ¿Devuelvo bien… o simplemente evito el conflicto?
La benignidad no siempre se ve espectacular.
A veces se manifiesta en una respuesta más suave.
En no hablar mal, elegir el silencio correcto y seguir haciendo el bien aunque el otro no cambie.
La parte incómoda: ser benigno con todos
Aquí es donde el concepto se vuelve incómodo de verdad.
Porque ser benigno con quienes amo es fácil.
Pero el llamado del Espíritu es ser benigno con todos.
Con la persona difícil, la que no se disculpa, aquella que no reconoce su error.
No porque lo merezcan,
sino porque eso refleja quién es Dios en mí.
Ser benigno no significa permitir abusos ni negar límites.
Significa que, aun estableciendo límites sanos, mi corazón no se endurece.
Aprender a devolver bien por mal también me ha llevado a buscar una paz que no depende de cómo reaccionan los demás.
Cuando la benignidad sana más de lo que imaginaba
Vuelvo a aquella situación pequeña que mencioné al inicio.
No respondí como me nacía.
Respiré.
Elegí una respuesta distinta.
No fue heroico.
Fue incómodo.
Pero con el paso de los días entendí algo:
la benignidad no solo bendice al otro, también me sana a mí.
Me libera del peso de la amargura y recuerdo que no necesito tener la última palabra además que me devuelve paz.
Devolver bien… no por fuerza, sino por identidad
José no devolvió bien por mal para demostrar superioridad.
Lo hizo porque sabía quién era Dios en su historia.
Y eso cambia todo.
Cuando confieso a Jesús como Señor, el Espíritu comienza a formar en mí una identidad nueva.
No perfecta, pero en proceso.
No automática, pero real.
La benignidad es una señal visible de esa transformación.
Para caminar esta semana
Quiero dejarte una invitación sencilla, pero honesta:
Durante esta semana, identifica una persona con la que te cuesta ser benigno.
No alguien lejano.
Alguien real.
Alguien cotidiano.
Luego, elige una acción concreta de bien hacia esa persona:
- una palabra amable,
- una actitud distinta,
- una respuesta más paciente,
- o incluso una oración sincera.
No esperes que el otro cambie.
No lo hagas para sentirte mejor.
Hazlo como un acto de obediencia y libertad.
Y después, observa qué pasa en tu interior.
Un cierre abierto
No siempre voy a lograr devolver bien por mal.
A veces fallaré.
A veces reaccionaré desde el cansancio.
Pero sigo creyendo que Dios no me pide perfección,
me invita a caminar con Él mientras forma su carácter en mí.
Tal vez la benignidad no cambie todas las circunstancias,
pero sí puede cambiar la manera en que las atravieso.
Y eso, poco a poco, también transforma el mundo que me rodea.