Saltar al contenido

Cuando esperar se vuelve una prueba del corazón

enero 7, 2026
Persona en actitud de espera tranquila, simbolizando la paciencia cristiana y la confianza en Dios durante el proceso.
Índice

    Hay esperas que parecen pequeñas…
    y otras que nos desarman por dentro.

    Esperas una respuesta, que algo cambie, que Dios haga lo que crees que ya debería haber hecho.

    Y mientras tanto, la impaciencia empieza a hablar.

    Lo he vivido.
    No solo en grandes decisiones, sino en lo cotidiano: procesos que tardan más de lo previsto, puertas que no se abren, oraciones que parecen quedarse en silencio. Vivimos en una cultura que nos entrenó para tenerlo todo “ya”, y cuando el tiempo se estira, sentimos que algo no está funcionando… o que Dios llegó tarde.

    Pero la Biblia insiste en algo incómodo: la espera no es un castigo; es un lugar de formación.

    Por eso, cuando hablamos de paciencia como Fruto del Espíritu, no hablamos de resignación ni de aguantar con los dientes apretados. Hablamos de aprender a permanecer, a confiar, a obedecer, aun cuando el panorama no es claro.

    La paciencia no nace sola

    La paciencia no aparece por arte de magia.
    Y tampoco llega solo porque la pedimos.

    Muchas veces oramos diciendo: “Señor, dame paciencia”, pero olvidamos que esa oración suele abrir la puerta a situaciones donde la paciencia será puesta a prueba.

    Eso mismo ocurrió en la historia del rey Saúl, narrada en 1 Samuel 13. El pueblo estaba bajo amenaza, los filisteos avanzaban, el miedo crecía y el tiempo corría. Saúl tenía una instrucción clara: esperar. Siete días. Nada más.

    Pero esperar, cuando todo parece desmoronarse, es más difícil de lo que suena.

    En medio de la presión, el pueblo comenzó a dispersarse. Algunos se escondieron. Otros temblaban de miedo. Y Saúl… decidió actuar por su cuenta.

    Aquí aparece una verdad incómoda: la impaciencia casi siempre se disfraza de “buena intención”. Saúl no dijo: “voy a desobedecer”. Lo que hizo fue justificar su decisión. El problema no fue solo lo que hizo, sino cuándo lo hizo y por qué lo hizo.

    Cuando dejamos de esperar en Dios, empezamos a construir soluciones con nuestras propias manos, siempre lo he dicho, la paciencia está profundamente conectada con la fe, especialmente cuando debemos confiar en Dios sin ver resultados inmediatos

    Cuando la presión nos empuja a decidir mal

    La presión tiene una forma curiosa de distorsionar nuestra percepción.
    Nos hace creer que si no actuamos ahora, todo se perderá.

    Saúl vio el tiempo pasar, vio a la gente irse y pensó que no podía darse el lujo de esperar más. Ofreció el sacrificio que no le correspondía. Cruzó una línea que no debía cruzar.

    Y ahí aparece una pregunta que nos confronta a todos:

    ¿Cuántas veces hemos tomado decisiones apresuradas solo porque no supimos esperar?

    Esperar una conversación difícil, el tiempo correcto o simplemente que Dios confirme cierta situación.

    En lo personal, he aprendido que muchas de mis decisiones equivocadas no nacieron de la maldad, sino de la prisa. De no querer sentir la incomodidad de la espera. De querer cerrar el proceso antes de tiempo.

    La paciencia, en cambio, nos obliga a quedarnos donde estamos… y eso duele.

    La espera revela en quién confiamos

    Cuando Samuel confronta a Saúl, no lo hace solo por un ritual mal hecho. Lo confronta porque su decisión reveló algo más profundo: había dejado de confiar plenamente en Dios.

    La impaciencia no solo rompe procesos; rompe confianza.

    Y la consecuencia fue dura: el reino de Saúl no permanecería. Años de promesa se perdieron por horas de impaciencia.

    Esta parte del relato siempre me confronta, porque nos recuerda que no todo se pierde de inmediato, pero mucho se debilita cuando actuamos fuera del tiempo de Dios.

    Esperar no significa quedarnos pasivos.
    Significa mantenernos obedientes.

    La paciencia no nos inmoviliza; nos alinea.

    Aprender a esperar también requiere dominio propio, especialmente cuando la ansiedad nos empuja a decidir antes de tiempo.

    La buena espera no es tiempo perdido

    Hay una frase que resuena fuerte en este proceso:

    La única cosa más difícil que esperar en Dios, es desear haber esperado.

    Cuántas veces hemos pensado:
    “Si tan solo hubiera esperado un poco más…”
    “Si no me hubiera adelantado…”

    La paciencia nos enseña que el proceso también es parte de la promesa. Que Dios no solo está interesado en el resultado final, sino en lo que se forma en nosotros mientras caminamos hacia él.

    Esperar nos enseña a depender.
    A escuchar.
    A obedecer incluso cuando no entendemos.

    Y eso, aunque no se vea de inmediato, produce carácter.

    Un llamado práctico para esta semana

    Quiero proponerte algo muy sencillo, pero profundo.

    Durante esta semana, identifica una situación concreta que normalmente te roba la paciencia. No algo abstracto. Algo real: una persona, un proceso, una espera específica.

    Luego pregúntate con honestidad:

    • ¿Por qué me cuesta tanto esperar aquí?
    • ¿Qué suelo hacer cuando la impaciencia aparece?
    • ¿Qué podría aprender Dios quiere enseñarme en este proceso?

    Toma esa situación y entrégala a Dios, no para que la quite, sino para que te forme en medio de ella.

    La paciencia no se desarrolla huyendo de la espera, sino permaneciendo en ella con Dios.

    Oración final

    Señor,
    enséñanos a esperar sin desesperarnos.
    A confiar cuando el tiempo se estira.
    A obedecer cuando la respuesta aún no llega.

    Transforma nuestro corazón en medio de la espera
    y ayúdanos a reflejar Tu carácter,
    no solo cuando todo va bien,
    sino también cuando el proceso se hace largo.

    Amén

    Ajustes de cookies