
No fue una gran decisión espiritual.
Fue algo mucho más simple… y por eso mismo más incómodo.
Iba con el tiempo justo, pensando en todo lo que tenía que hacer ese día, cuando alguien me pidió ayuda. No era una emergencia. Tampoco algo espectacular. Era solo… tiempo y atención.
En ese momento mi primera reacción fue calcular en mi mente lo que me iba a costar:
“Si yo me detengo, voy a llegar tarde.”
“Si ayudo en este momento que me necesita, me desordena el resto del día.”
“Tal vez alguien más le pueda ayudar.”
Y mientras caminaba, sentí esa incomodidad interna, tu sabes a lo que me refiero.
Esa voz suave que no acusa, pero pregunta.
Ahí entendí algo: la bondad casi nunca se presenta cuando todo me sobra.
Llega, más bien, cuando algo me cuesta.
No toda buena intención termina en una buena acción
Muchas veces confundimos bondad con buenas intenciones.
Queremos hacer el bien.
Pensamos el bien.
Hablamos del bien.
Pero cuando llega el momento de dar algo concreto, la historia cambia.
Tiempo.
Energía.
Recursos.
Comodidad.
La bondad, como fruto del Espíritu, no se queda en el deseo.
Se expresa en el hacer, incluso cuando ese hacer implica una renuncia.
Y eso me confronta más de lo que me gusta admitir.
La pregunta correcta no siempre es “¿qué sé?”, sino “¿qué hago?”
En Lucas 10, un experto en la ley se acerca a Jesús con una pregunta conocida:
“¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”
No era ignorancia.
Era conocimiento… buscando confirmación.
Jesús lo lleva a la respuesta que ya conocía: amar a Dios y al prójimo.
Pero cuando el escriba intenta justificarse, lanza otra pregunta:
“¿Y quién es mi prójimo?”
Siempre me ha llamado la atención eso.
Porque muchas veces no preguntamos para aprender,
preguntamos para delimitar hasta dónde estamos dispuestos a llegar.
La bondad se vuelve real cuando deja de ser cómoda
La parábola del buen samaritano no es solo una historia moral.
Es un espejo incómodo.
Un hombre herido.
El sacerdote que pasa de largo.
Un levita que decide no involucrarse.
Y un samaritano… alguien que no tenía obligación alguna.
El samaritano no solo siente compasión.
Actúa.
Se detiene.
Se acerca.
Toca.
Cura.
Carga.
Paga.
Promete volver.
La bondad, en esta historia, tiene costo.
No es simbólica.
Es concreta.
Y lo más confrontante es que Jesús pone como ejemplo a alguien que, culturalmente, no era el “modelo espiritual correcto”.
Dar la milla extra cuando nadie me lo exige
Hay algo que me impacta del samaritano:
nadie lo obligó a hacer más de lo mínimo… y aun así lo hizo.
No dio solo lo necesario para tranquilizar su conciencia.
Dio un poco más.
Y ahí conecto con mi propia vida.
¿Cuántas veces hago lo justo para sentirme bien conmigo mismo,
pero no estoy dispuesto a dar la milla extra?
Porque la bondad verdadera casi siempre empieza donde termina la obligación.
Bondad no es lo mismo que benignidad
El artículo anterior reflexionábamos sobre la benignidad: esa amabilidad que nace del carácter transformado.
Hoy, la bondad nos lleva un paso más allá.
La benignidad tiene que ver con cómo soy.
La bondad con qué hago.
Puedo ser amable…
pero no necesariamente generoso.
La bondad me invita a poner algo mío al servicio del otro:
mi tiempo, mis recursos, mi atención, mi esfuerzo.
Y eso revela mucho de lo que realmente gobierna mi corazón.
Cuando el prójimo no es quien esperaba
Jesús termina la parábola con una pregunta distinta a la que inició todo:
“No quién es tu prójimo, sino quién se comportó como prójimo.”
Eso cambia completamente el enfoque.
El prójimo no es solo quien se cruza en mi camino.
Es aquel ante quien decido actuar con bondad.
Y eso me obliga a revisar mis excusas habituales:
- “No es mi responsabilidad.”
- “Quizas no es el momento.”
- “No tengo suficiente.”
- “Tampoco me corresponde.”
La bondad del Reino no se mide por lo que sobra,
sino por lo que estoy dispuesto a entregar.
Vivir la fe en lo cotidiano muchas veces se expresa en decisiones pequeñas, casi invisibles, pero profundamente transformadoras.
La bondad también forma algo en mí
Volviendo a aquella situación inicial…
Sí, me detuve.
Sí, ayudé.
Y sí, me costó.
Pero después entendí algo que no esperaba:
la bondad no solo bendice al otro, también me forma a mí.
Me desacelera, puedo encontrar mi centro y me recuerda que mi vida no gira solo alrededor de mis planes.
Y, poco a poco, me hace más parecido a Cristo.
Para caminar esta semana
Quiero proponerte algo sencillo y concreto:
Identifica una “milla extra” que puedas dar esta semana.
No algo heroico.
Algo real.
- un tiempo que no habías planeado dar
- un recurso que te cuesta soltar
- una ayuda que podrías postergar… pero no lo harás
Escríbelo.
Ora por ello.
Y luego hazlo, incluso si no recibes nada a cambio.
Después, observa qué produce en ti.
No siempre voy a responder con bondad.
A veces elegiré lo cómodo.
A veces pasaré de largo.
Pero sigo creyendo que el Espíritu está formando algo en mí,
no de golpe, sino paso a paso.
Tal vez la bondad no cambie el mundo entero.
Pero sí puede cambiar la forma en que caminamos por él.
Y a veces, eso ya es suficiente.