
Hay decisiones que no parecen peligrosas en el momento.
No suenan a pecado.
No activan alarmas internas.
Solo parecen… pequeñas concesiones.
A veces no es una gran caída lo que nos aleja, sino un descuido repetido, una guardia que bajamos poco a poco.
Esta semana cerramos el ciclo Cosechando hablando de un fruto del Espíritu que casi nunca es protagonista, pero que sostiene a todos los demás: la templanza.
El dominio propio cuando nadie mira
Si no lo has leído, te recomiendo empezar por el post sobre la benignidad, donde hablamos de responder con bien incluso cuando no es fácil.
La Biblia también llama a la templanza dominio propio.
No como una represión fría, sino como la capacidad de gobernar mis impulsos cuando tengo opción de hacer lo contrario.
La historia del rey David en 2 Samuel 11 no comienza con adulterio ni con asesinato.
Comienza con algo mucho más común:
David no fue a donde debía estar.
Mientras otros estaban en la batalla, él se quedó en Jerusalén.
Y ese pequeño desajuste abrió la puerta a una cadena de decisiones que jamás planeó tomar.
La tentación muchas veces no aparece porque la buscamos, sino porque dejamos espacios sin propósito.
Sin máscara: cuando el descuido parece descanso
Recuerdo una temporada en la que yo mismo me dije:
“Solo necesito desconectarme un poco.”
No estaba haciendo nada “malo”, pero tampoco estaba cuidando mi interior.
Y sin darme cuenta, mi mente empezó a ir donde no debía, mis decisiones se volvieron más impulsivas, y mi sensibilidad espiritual se fue apagando.
La templanza no se pierde de golpe.
Se debilita cuando dejamos de vigilar lo cotidiano.
Bajando la guardia
David vio a Betsabé desde la azotea.
Ese fue el primer momento clave.
Todavía podía apartarse, podía entrar a su casa, también podía huir.
Pero eligió quedarse.
El dominio propio muchas veces se ejerce antes de la tentación, no durante.
Cuando evitamos ciertos lugares, conversaciones o hábitos, no somos débiles: somos sabios.
“El que piensa estar firme, mire que no caiga.”
— 1 Corintios 10:12
Cuando peleamos sin dominio
Una mala decisión llevó a otra.
Y luego a otra.
David intentó resolver con estrategia humana lo que solo podía resolverse con arrepentimiento.
Manipuló, ocultó, planeó… y perdió.
El pecado nunca se queda quieto.
Cuando no es confrontado, endurece el corazón y nubla la conciencia.
“El que no tiene dominio propio es como una ciudad sin murallas.”
— Proverbios 25:28
Aun como hijos de Dios, podemos fallar.
Pero también podemos detener el ciclo cuando damos espacio al Espíritu Santo.
Este llamado al dominio propio se conecta profundamente con lo que reflexionamos en el post sobre la fe y la espera.
Nuestra verdadera defensa
Dios envió al profeta Natán.
No para humillar a David, sino para rescatarlo.
David pudo justificarse.
Pudo culpar a otros.
Pero eligió humillarse.
Y ahí vemos algo clave:
la templanza también se manifiesta cuando aceptamos corrección.
El dominio propio no es solo resistir impulsos,
también es responder con humildad cuando Dios nos confronta.
“Porque Dios no nos ha dado espíritu de temor, sino de poder, amor y dominio propio.”
— 2 Timoteo 1:7
Meditemos
Tomá un momento y preguntate con honestidad:
- ¿En qué área estoy bajando la guardia últimamente?
- ¿Qué decisión pequeña estoy justificando?
- ¿Qué me está diciendo Dios hoy sobre mi carácter?
- ¿Cúal cambio concreto me está pidiendo hacer?
No respondas rápido.
Respondé con verdad.
Tarea práctica: entrenar el dominio propio
📖 Leé 2 Timoteo 1:7
En una hoja, dibujá tres columnas:
| Situación que me tienta | ¿Cómo está mi mente y espíritu? | Actitud o versículo |
Ejemplo real:
- Situación: Uso excesivo del celular cuando estoy cansado.
- Estado interior: Disperso, reactivo, sin foco.
- Decisión: Pausar, orar y guardar el celular — Proverbios 4:23.
Reto de la semana
No intentes cambiar todo.
Elegí una sola situación donde necesitás dominio propio.
Orá por ella.
Prestá atención.
Y decidí diferente.
Oración
Señor,
mostranos dónde estamos bajando la guardia.
No para condenarnos, sino para fortalecernos.
Danos dominio propio cuando la tentación parece fácil
y claridad cuando el corazón quiere justificarse.
Que tu Espíritu gobierne nuestras decisiones,
aun cuando nadie más esté mirando.
Amén.