
Hay momentos en los que la angustia no llega con un aviso claro.
Simplemente se instala.
Se mete en el pecho.
Y me acompaña durante el día, incluso cuando todo parece “normal”.
He descubierto que la angustia no siempre aparece porque algo salió mal. A veces llega cuando estoy intentando hacer las cosas bien, cuando sigo adelante con integridad, pero el entorno empieza a volverse hostil.
David pasó por algo así. Y no desde la comodidad de un palacio, sino desde una cueva.
Cuando lo que sucede afuera empieza a desbordarme
Hacer lo correcto no siempre evita la presión
David tenía el favor de Dios, éxito en las batallas y el reconocimiento del pueblo. Desde afuera, todo indicaba que estaba en el camino correcto. Sin embargo, eso mismo despertó celos, sospechas y persecución.
Saúl no veía a David como un aliado, sino como una amenaza.
Y eso me confronta, porque muchas veces asumo que si hago lo correcto, el entorno debería responder bien. Pero la realidad es otra. A veces la obediencia no trae calma inmediata, sino presión.
He sentido esa angustia cuando entro a un nuevo trabajo y el ambiente se vuelve tenso.
Cuando hago lo mejor que puedo y aun así soy cuestionado.
Cuando mi esfuerzo no es reconocido, o peor, es malinterpretado.
David describe su situación con imágenes fuertes: leones, lanzas, redes, fosas. No está exagerando; está siendo honesto con lo que siente.
La angustia crece cuando percibo que el peligro no es visible, pero sí constante.
La angustia de sentirme perseguido y solo
David terminó escondido en una cueva. No porque fuera débil, sino porque estaba siendo perseguido.
Y aunque hoy no siempre huimos físicamente, muchos hemos pasado por cuevas emocionales. Lugares donde nos guardamos, donde bajamos la voz, donde dejamos de confiar.
La soledad pesa más cuando siento que no puedo contar con nadie. Cuando no tengo palabras para explicar lo que me pasa. Cuando me defiendo solo con silencio.
En esos momentos recuerdo algo importante: la angustia no significa ausencia de fe, significa vulnerabilidad.
Aprendí al reflexionar sobre la fe cristiana, confiar en Dios no elimina automáticamente la presión, pero sí redefine dónde pongo mi esperanza.
Cuando vuelvo a mirar a Dios en medio del miedo
Un Dios que no se esconde cuando yo me escondo
Lo que más me impacta del Salmo 57 no es la descripción del peligro, sino la claridad que David tiene sobre quién es Dios en medio de todo.
Desde la cueva, David reconoce a Dios como su refugio, como a quien que extiende su mano y responde ante su clamor, como lo puede hacer hoy contigo.
Ante algunas circunstancias por las que he pasado tiendo a pensar que Dios está lejos, ocupado o en silencio, que no quiere nada conmigo, que no le interesa por lo que esté pasando, pero David me recuerda que Dios no se esconde.
Es increíble saber que Dios no cambia cuando mis circunstancias cambian.
Inclusive cuando David no veía el cumplimiento de la promesa, sabía que Dios seguía siendo fiel. La angustia no canceló el llamado, ni suspendió el plan.
Promesas que no se cancelan en tiempos difíciles
Dios ya había prometido algo a David: sería rey. Y aunque David estaba angustiado, perseguido y escondido, esa promesa seguía en pie.
Isaías 43:2 lo expresa con una claridad que sostiene el alma: cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo.
No dice “si pasas”.
Dice “cuando”.
La angustia no toma a Dios por sorpresa.
No invalida sus promesas.
No limita su fidelidad.
En el post sobre paz en cada etapa aprendí que la paz no siempre significa ausencia de conflicto, sino la certeza de que Dios sigue presente aun cuando el conflicto no se va.
Cuando decido cómo responder a la angustia
Ordenar el corazón antes de reaccionar
David hace algo que me resulta profundamente honesto: habla con su alma.
Decide no dejar que la angustia gobierne sus decisiones. Antes de reaccionar, ordena su interior.
Eso me desafía.
Porque muchas veces reacciono desde el miedo: renuncio antes de tiempo, respondo con dureza, me cierro, me defiendo.
Pero David me recuerda que la fe también es una pausa. Un momento para recordar quién es Dios antes de actuar, ahí cobra sentido la mansedumbre cristiana: no es debilidad, es fortaleza bajo control.
Elegir la alabanza como acto de confianza
David alaba a Dios antes de que la situación cambie. No espera a salir de la cueva para agradecer.
Porque la alabanza, en medio de la angustia, no es negación del dolor. Es una declaración de confianza.
Cuando decido alabar, algo se acomoda dentro de mí, aunque afuera todo siga igual.
La angustia no desaparece de inmediato, pero deja de tener la última palabra.
Si hoy te sentís angustiado, quiero decirte algo con cuidado y verdad: Dios no ha cambiado.
No ha cambiado tu valor, ni su fidelidad, tampoco ha cambiado su cuidado por vos.
🔍 Reto
Tomate el tiempo para identificar qué situación te está generando mayor angustia en este momento.
✍️ Ejercicio
Toma papel y lápiz y escribí una oración honesta, sin filtros, diciéndole a Dios exactamente cómo te sentís.
🤍 Acción
Apartir los escrito toma una decisión que no nazca del miedo, sino de la confianza en Dios.