
Hay momentos en los que uno siente que ya dio todo lo que tenía, lo que podía ofrecer hasta todo lo que sabía.
Y aun así… no alcanza.
He aprendido que la fe no siempre se vive en escenarios ordenados. A veces aparece cuando la mesa está casi vacía, cuando las respuestas no llegan y cuando obedecer a Dios parece más riesgoso que quedarse quieto.
La historia de la viuda de Sarepta siempre me confronta por eso. Porque no es una historia cómoda. No es inspiradora en el sentido romántico. Es cruda. Es humana. Y, precisamente por eso, revela a un Dios que no cambia aun cuando no queda nada.
La historia de la viuda de Sarepta, narrada en 1 Reyes 17:7–24, muestra a un Dios que permanece fiel incluso cuando todo parece perdido.
Cuando obedecer no tiene sentido
Dios pide pasos que no encajan con nuestra lógica
Elías llega a Sarepta siguiendo una instrucción extraña. No va a un lugar seguro. No va a un hogar abundante. Va a una viuda… en medio de una sequía.
Y lo primero que le pide no es razonable: comida.
No porque ella tenga de sobra, sino porque no tiene nada.
La viuda se lo dice con claridad. Lo último que le queda es una comida para ella y su hijo. Después, morirán.
Ahí es donde la fe empieza a incomodarnos.
Porque Dios no le pide lo que le sobra.
Le pide lo primero.
Lo único.
Lo que parecía indispensable para sobrevivir.
He tenido que hacerme esta pregunta más veces de las que quisiera admitir:
¿En qué estoy confiando cuando todo empieza a escasear?
A veces no es el dinero.
El control.
La seguridad emocional.
Una relación.
Una imagen que no quiero perder.
Dar a Dios el primer lugar nunca es teórico. Siempre toca algo concreto.
Como aprendí al leer sobre el fruto del Espíritu, la fe real no se declara: se demuestra en decisiones pequeñas, pero costosas. Y cuando eso sucede, Dios no cambia su carácter. Él sigue siendo proveedor, aunque el escenario diga lo contrario.
La fe comienza cuando lo poco parece insuficiente
La viuda obedece. No porque tenga garantías. Sino porque decide creerle a Dios más que a su realidad inmediata.
Y ocurre el milagro silencioso:
La harina no se acaba.
El aceite no escasea.
Cada día hay suficiente.
No abundancia exagerada.
Suficiencia fiel.
Ahí entendí algo que me sigue acompañando: Dios no siempre llena graneros, pero nunca abandona mesas vacías.
Como aprendí al leer sobre el fruto del Espíritu, la fe real no se declara: se demuestra en decisiones pequeñas, pero costosas.
Cuando hacer lo correcto no evita el dolor
Honrar a Dios no nos exime de perder
Después de la provisión… llega la pérdida.
El hijo de la viuda enferma. Y muere.
Y aquí es donde muchos de nosotros nos quebramos. Porque creemos —aunque no lo digamos— que honrar a Dios debería blindarnos del dolor.
Pero no es así.
La viuda se quiebra. Reclama. Se culpa. Cuestiona.
Y no la juzgo. Yo he hecho lo mismo.
Hay momentos en los que pareciera que la fe funciona… hasta que deja de hacerlo.
Un despido.
Una traición.
Una enfermedad.
Un sueño que no llega.
Momentos donde uno choca con la pared y siente que ya no queda nada.
En uno de mis momentos más difíciles por lo que tuve pasar en la vida puede encontrar consuelo al detenerme en su palabra y leer sobre la paz en cada etapa, pude tener la certeza de que Dios sigue presente incluso cuando no entiendo lo que permite.
Chocar con la pared del “¿por qué ahora?”
En la historia podemos leer que la viuda no sabía que su fe estaba a punto de crecer.
Lo único que si podía saber era que su dolor era real.
Y eso importa.
Porque Dios no invalida nuestro quebranto para enseñarnos algo.
Él lo toma en serio.
Jesús mismo lo dijo: en el mundo tendríamos aflicción. No lo negó. Pero tampoco nos dejó solos en ella (Juan 16:33).
Cuando Dios no niega la realidad, pero la transforma
Una fe que se atreve a clamar
Elías no ignora la muerte del niño.
No la espiritualiza.
No la minimiza.
Clama.
Y en ese clamor se ve su humanidad. Le recuerda a Dios la generosidad de la viuda. Se duele con ella. Intercede.
Ahí entendí algo clave: la fe madura no niega la realidad, pero se rehúsa a aceptarla como definitiva.
Dios responde.
El niño revive.
Y la viuda reconoce que la palabra de Dios es verdadera.
No porque todo fue fácil.
Sino porque Dios fue fiel.
Ser Elías para otros cuando ya no queda nada
Hay muchas “viudas” alrededor nuestro.
Personas agotadas.
Sin fuerzas.
Sin esperanza.
Y a veces Dios nos llama a ser Elías para ellas.
No con discursos.
No con respuestas rápidas.
Sino con una fe que acompaña, ora y cree.
Aprendí que cuando esperar se vuelve una prueba del corazón, hay temporadas donde la fe no se siente poderosa, pero sigue siendo obediente.
Y eso basta para que Dios actúe.
🎯 Una invitación honesta
Si hoy sentís que ya no queda nada, quiero decirte algo con cuidado y verdad: Dios no cambia.
No cambia cuando la fe se siente pequeña, aun cuando obedecer duele,
tampoco cambia cuando el dolor llega sin explicación.
🔍 Reto práctico
Esta semana, identifica qué estás reteniendo por miedo y entrégaselo a Dios en oración.
✍️ Ejercicio
Te invito a que escribas una oración sencilla que se que te ayudará, comenzando con:
“Señor, hoy no tengo respuestas, pero decido confiar en Ti porque…”
Vayamos a la Acción
Acompañá a un amigo, familiar, compañero que tú sabes que está pasando por un momento difícil. No con soluciones, sino con presencia.
Porque cuando todo se vacía…
Él permanece.